Autor: Dr. Alfonso Martínez-Taboas, psicólogo clínico e investigador
La epilepsia puede definirse como la presentación de convulsiones recurrentes causadas por una anomalía en la actividad eléctrica cerebral, que provoca cambios en la función motora, sensorial, conductual o en la conciencia. La epilepsia es considerada uno de los trastornos neurológicos más comunes y usualmente es tratada con medicamentos anticonvulsivos. Como tal, no tiene cura; sin embargo, en un 70% de los casos puede ser controlada exitosamente con fármacos. La epilepsia no tiene una sola causa patológica, sino que consiste en una serie de trastornos neurológicos subyacentes (1).
Cuando se llevan a cabo estudios clínicos y epidemiológicos, se ha encontrado que alrededor del 1% de las personas en países de alto ingreso presenta criterios clínicos de epilepsia. Un dato consistente que se desprende de decenas de estudios internacionales es que los trastornos mentales se producen con mucha más frecuencia en pacientes con epilepsia (PE) que en la población general o en aquellos con otras enfermedades crónicas. Aquí se incluyen depresión, ansiedad, psicosis, trastorno bipolar y riesgo suicida.
Por ejemplo, en un metaanálisis de 14 estudios poblacionales que incluyeron más de un millón de pacientes, se halló una prevalencia global de depresión de 23.1% en los últimos 12 meses, mucho mayor en comparación con la población general. Asimismo, el suicidio es una consideración importante en la epilepsia. Los intentos de suicidio y el suicidio consumado ocurren en el 5.0–14.3% de las PE, mientras que en la población general es de un 1.0–4.6% (2).
Hay varios factores que explican por qué las PE presentan tantas comorbilidades psiquiátricas. En primer lugar, innumerables estudios apuntan a factores psicosociales. Por ejemplo, el estigma social de tener convulsiones, en especial en lugares públicos, afecta adversamente a muchos pacientes. Esto, a su vez, puede causar vergüenza, inseguridades y afectar la autoestima. Asimismo, si las convulsiones no están controladas, pueden reducir las posibilidades de conducir un automóvil, lo que hace que la persona adulta dependa de los demás.
De igual forma, no son pocos los PE que sufren de ansiedad o depresión al pensar que no serán aceptados en empleos, deportes o relaciones amorosas. Por lo tanto, la epilepsia puede tener un gran impacto en la percepción de sí mismos y aumentar la sensación de aislamiento y estigmatización social.
En segundo lugar, algunos medicamentos antiepilépticos pueden causar complicaciones emocionales, tales como irritabilidad, ansiedad e inestabilidad anímica. Por ejemplo, el levetiracetam puede provocar delirios, alucinaciones, agresividad, agitación y conductas de autolesión (3). Hasta un 31% presenta anomalías conductuales, un 29% irritabilidad, un 10% agresividad y un 5% alucinaciones. Por lo tanto, el propio tratamiento puede causar daño psiquiátrico iatrogénico.
En tercer lugar, las comorbilidades psiquiátricas son comunes en la epilepsia debido a mecanismos fisiopatológicos compartidos. Al ser un trastorno del cerebro, puede afectar procesos límbicos y corticales relacionados con la modulación de las emociones, provocando desajustes en circuitos neurales.
En Puerto Rico se ha realizado muy poca investigación sobre los perfiles clínicos de pacientes con epilepsia. Dos investigaciones resaltan que las PE reportan dificultades notables en su estado emocional, relaciones familiares, economía, utilización de servicios médicos, problemas interpersonales y adaptación vocacional (4).
A pesar de estas comorbilidades, existe poca investigación y adiestramiento clínico específico. Se ha señalado que la depresión y la ansiedad suelen no diagnosticarse ni tratarse en la mayoría de los pacientes (5). Por ello, se propone que, como parte de la evaluación inicial, se utilicen escalas de ansiedad y depresión.
Conclusión
Luego del diagnóstico surgen múltiples ajustes en la vida del paciente. La mirada biologicista o neurológica es necesaria, pero la epilepsia debe entenderse desde un enfoque social y ecológico. Aspectos como el impacto en el autoconcepto, la familia, la pareja, los estudios, el trabajo, la espiritualidad y la vida comunitaria deben ser atendidos.
En este contexto, el papel del psiquiatra, trabajador social clínico y psicólogo es esencial para brindar un servicio integral de salud mental. El paciente con epilepsia necesita un modelo biopsicosocial integrado, que atienda sus necesidades en todos los ámbitos afectados. No hacerlo implica un alto costo social, con personas que pierden su potencial y se cronifican en un sistema que solo ofrece paliativos y parches.
1- Yucel, Y. & Sidow, N. (2023). A general overview of epilepsy. 168-196. En E. Karaman
& G. Onder (Eds.) Current researchers in the health sciences (pp. 168-196). Ozgul
Publishing.
2- Mula, M., Kanner, A., Jette, N., & Sander, J. (2021). Psychiatric comorbidities in people
with epilepsy. Neurology, 11, e112-e120 doi:10.1212/CPJ.0000000000000874
3- Tao, K. (2024). Levetiracetam induces severe psychiatric symptoms in people with
epilepsy. Seizure, 116, 147-150.
4- Martínez-Taboas, A., Torres Sotero, A., & Cruz-Pérez, J. P. (2013). Perfil
psicosocial de una muestra de pacientes puertorriqueños con epilepsia utilizando
el Inventario Psicosocial Washington de Ataques Epilépticos. Revista
Puertorriqueña de Psicología, 24, 1-11.
5- Kanner, A. (2025). Major depression, anxiety disorder and suicidality in epilepsy: What
should neurologists do? Epilepsy & Behavior Reports,30, 100758









