Un equipo de investigadores de la Universidad Tecnológica de Chalmers, en colaboración con el Hospital Universitario de Oslo, identificó biomarcadores sanguíneos presentes en fases muy tempranas de la enfermedad, cuando el daño cerebral aún es limitado.
Los hallazgos, publicados en npj Parkinson’s Disease, abren la posibilidad de desarrollar pruebas de detección precoz que podrían comenzar a evaluarse en entornos clínicos dentro de los próximos cinco años.
Actualmente, el diagnóstico del Parkinson suele realizarse cuando aparecen síntomas motores como lentitud de movimientos, rigidez o temblor. Sin embargo, en ese momento entre el 50 % y el 80 % de las neuronas dopaminérgicas relevantes ya están dañadas o han desaparecido.
El nuevo estudio se centró en la fase prodrómica, un período que puede extenderse hasta 20 años antes de la manifestación clínica evidente. Durante esta etapa silenciosa ya se producen alteraciones celulares que, hasta ahora, eran difíciles de detectar de manera accesible.
Los investigadores analizaron dos procesos biológicos clave:
- La reparación del daño en el ADN, mecanismo mediante el cual las células detectan y corrigen alteraciones genéticas.
- La respuesta celular al estrés, sistema adaptativo que redirige recursos hacia la defensa y la reparación.
Mediante técnicas de aprendizaje automático y análisis genómico avanzado, identificaron un patrón específico de actividad genética asociado a estos procesos que aparece exclusivamente en la fase temprana del Parkinson. Este patrón no se detectó ni en individuos sanos ni en pacientes con enfermedad ya establecida.
Según los autores, esta firma molecular representa una “ventana de oportunidad” para intervenir antes de que el daño neuronal sea extenso.
¿Por qué la sangre marca la diferencia?
Hasta ahora, la búsqueda de biomarcadores tempranos ha incluido estudios de neuroimagen y análisis de líquido cefalorraquídeo. Sin embargo, estos métodos no han derivado en una herramienta de cribado ampliamente aplicable.
El hecho de que estos biomarcadores puedan medirse en sangre representa una ventaja significativa: se trata de un procedimiento accesible, menos invasivo y potencialmente escalable para su implementación en sistemas de salud.
La enfermedad de Parkinson es la segunda patología neurodegenerativa más frecuente a nivel mundial, después del Alzheimer. Afecta a más de 10 millones de personas y, debido al envejecimiento poblacional, se proyecta que esa cifra se duplicará hacia 2050.
Además de los síntomas motores, el Parkinson presenta manifestaciones no motoras que pueden preceder al diagnóstico, como trastorno de conducta del sueño REM, disminución del olfato, constipación, ansiedad o depresión.
La posibilidad de identificar la enfermedad en etapas preclínicas no solo permitiría iniciar intervenciones más tempranas, sino también acelerar el desarrollo de terapias dirigidas a modificar el curso de la enfermedad.
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