Autor: Dr. Ricardo López, radiólogo vascular e intervencional
Hay una paciente que veo todas las semanas, y casi siempre tiene la misma historia.
Tiene entre cuarenta y cinco y cincuenta años. Hace diez o quince años le encontraron fibromas en un sonograma, o miomas, como dice el reporte, y nunca le dieron problemas. Las reglas eran normales. Nadie le dijo que hiciera nada, y tenían razón: no había nada que hacer.
Hasta que, de repente, sí.
De un año para otro, la regla se volvió otra cosa. Coágulos. Toallas que no aguantan. Días en que no sale de la casa. Una anemia que le explica el cansancio de meses. Planificar el viaje, la playa, la boda de la sobrina, alrededor de cuándo le toca. Y, a veces, un dolor que antes no estaba.
Lo que pasó tiene nombre y no es un misterio. Los fibromas crecen con las hormonas. Y en los años antes de la menopausia, la perimenopausia, las hormonas no bajan en línea recta: suben, bajan, se disparan, se desordenan. Hay meses sin ovular en los que el estrógeno sube sin nada que lo frene. Para un fibroma que llevaba años tranquilo, eso es gasolina. Y a muchas mujeres les pasa, además, con la adenomiosis, que es cuando el tejido de adentro de la matriz se mete en la pared muscular y que casi nunca se diagnostica hasta que empieza a sangrar.
Lo que esa paciente oye cuando pregunta es casi siempre una de dos frases, y las dos empiezan igual.
“Ya casi llegas a la menopausia. Aguanta un poco, eso se resuelve solo”.
O: “Ya casi llegas a la menopausia. ¿Para qué cuidar la matriz? Sácala y ya”.
Las dos tienen lógica. Y las dos tienen un problema.
La primera: “casi” puede ser cuatro años y, en algunas mujeres, diez. Cuatro años de sangrar así no es aguantar un poco. Es anemia, hierro por vena y una vida planificada alrededor de una toalla.
La segunda: sacar la matriz es una cirugía mayor. Anestesia general, hospital, semanas de recuperación y, a veces, los ovarios se van con ella, lo que convierte una menopausia que iba a llegar sola en una que llega de golpe. Para una mujer a la que le quedan tres o cuatro años de síntomas, es un precio muy alto por el problema.
Hay un paso en el medio, y casi nadie lo menciona.
La embolización de fibromas uterinos (UFE) cierra los vasos que alimentan los fibromas. Sin esa sangre, se achican y dejan de sangrar. La matriz se queda donde está. Se entra por un rotito en la ingle o en la muñeca, no hay cortes y la paciente duerme en su casa esa misma noche. Para los fibromas, funciona en la gran mayoría de los casos. Para la adenomiosis también ayuda, aunque los resultados son algo más modestos, y eso se le dice a la paciente de frente antes de hacer nada.
Nada de esto salta al ginecólogo. Al contrario: la evaluación ginecológica va primero, siempre, porque hay sangrados que no son fibromas y hay que descartarlos. Lo que cambia es la conversación que viene después. En vez de “aguanta o sácala”, la pregunta es la de siempre en medicina: lo conservador primero, lo menos invasivo después y la cirugía como último recurso, no el primero.
Esa paciente de cuarenta y siete años no necesita que le quiten la matriz para llegar a la menopausia.
Necesita llegar sin desangrarse.









